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Como pasar de la papelera de tu casa a un desierto Mexicano.

Aventuras y desventuras de un terapeuta por Rubén Casado

Cuentan que Darwin, cuando termino sus viajes en el Beagle, el barco donde se desarrollaron sus aventuras en Sudamérica y el pacifico como naturalista, comenzó a quejarse de una molesta palpitación, tras la cual se  mostraba cada vez mas esquivo, encerrándose en una casa en los alrededores de Londres, en Down house. Su miedo fue tal que apenas salía de ella. Agorafobia, según muchos expertos.

            Cuando todo esto empezó yo tenia unos diecinueve años y una visión de la vida totalmente diferente, en la que no cabía nada de lo que me sucedería después. Porque después era un mundo normal, sin nada demasiado complicado, y para que negarlo, tampoco pensaba mucho en ello. Yo tenía diecinueve años, y tantas opciones por delante que se me escapaban por entre los dedos. Era un pedazo de arcilla que no había sido demasiado amasada, carne mas cruda que hecha. Así que cuando todo esto empezó, me sucedió, por paradójico que sea, lo mas real que había experimentado jamás. Tanto es así,  que marco mi vida para siempre.

            Estudiaba tercero de psicología. Era comienzo del curso. Y comprendí la enorme diferencia entre leer acerca de algo y sentirlo. Ya había escuchado antes esas palabras: fragilidad, vulnerabilidad, ansiedad, angustia… pero estaban en los libros, o en las frases de las películas. Por supuesto que las había sentido antes, pero nunca habría soñado que pudieran vivirse con tanta intensidad. Digamos que es una toma de conciencia súbita, como una fractura en la que oyes troncharse el hueso. Como cuando el cazador persigue al conejo Bugs Bunny, y sin darse cuenta traspasan los limites del precipicio. Ambos siguen andando sobre aire, y pueden hacerlo porque aun no han tomado conciencia de donde están. Y solo cuando se dan cuenta y miran para abajo, caen. Siento que tengo que usar muchas metáforas, porque es algo muy complicado de explicar.

            Todo comienza a traición, con un ataque de angustia. La angustia es un escalofrió que te deja helado, un cosquilleo en la tripa, y un corazón que esta mas en la garganta que en tu pecho.  La angustia es el sudor frío, y la debilidad repentina, el ahogo en el que el aire casi se puede cortar. Luego esta la sensación, que llamamos, de “irrealidad”. Todo parece transcurrir como una película, donde tu no estas, y esa ausencia de yo para mi era la mas terrible de las experiencias. Era la sensación de que todo a mi alrededor perdía entidad, firmeza,  como si de una ilusión se tratase. Como si la realidad no fuese real.   

 Porque tu quieres que todo eso se vaya, pero no sabes que es todo eso. De pronto has sido invadido por algo inexplicable que se ha instalado en ti, el miedo. ¿Pero miedo a que?, el miedo a esta sensación de miedo. Parecía que algo horrible iba a pasar, iba a desaparecer, a morir, a desmayarme, a volverme loco.

            Si alguien quiere una ilustración de lo que es un ataque de angustia, les aconsejo que vean el grito de Munch, es pura angustia existencial, el protagonista se sujeta la cabeza con las dos manos, como deseando que pare todo eso. A su alrededor todo esta agitado e inestable, y en su expresión,  el grito del terror congelado.  Es como estar en otra dimensión, en la que estas experimentando una vulnerabilidad a flor de piel. Y creo que lo peor que vives en ese momento es la imposibilidad de definir a que tienes miedo. Eso aumenta la lejanía, porque se ha instalado algo en ti con lo que nunca te habían preparado para enfrentarte.

            La primera experiencia es tan impactante, que se queda marcada a hierro. Lo que luego sucede es que es algo que no puedes olvidar, y que tampoco quieres repetir bajo ningún concepto. Hay algo paradójico en lo que viene después. No quieres que eso se repita, y sin embargo el hecho de intentar evitarlo, llama con más intensidad a esa sensación. A partir de entonces tu vida se transforma en un intento por evitar esos ataques, y buscas refugio.

            Antiguamente, en la edad media. Los que eran perseguidos por la justicia podían refugiarse en las iglesias para evitar ser capturados por la justicia. De esta forma “se acogían a sagrado”. Los proscritos podían moverse a sus anchas por el interior de la iglesia porque allí tenían una seguridad. Este estado de seguridad se perdía si el individuo salía de ese recinto.

            Así que de alguna manera empiezas a hacer territorios sagrados. Por ejemplo, el metro. Si hay algo que temes, además de la lejanía, es a no poder escapar de esa situación en el caso de que te encuentres mal. ¿Y si se queda parado entre dos estaciones, en medio del túnel?. A partir de entonces odias los atascos, los edificios altos, las colas de los centros comerciales, los centros comerciales, los medios de transporte, el cine, los restaurantes en los que no puedes salir. También temes quedarte solo en casa, o en cualquier sitio. El mundo se vuelve un territorio inhóspito en determinados lugares. Hay sitios malos y buenos. En los malos siempre tienes la sensación de que te puede pasar algo. Vives para controlar, agudizas tus sentidos, examinas tu cuerpo, porque un leve latido, o una respiración entrecortada pueden disparar ese sistema de angustia.

            De pronto uno se transforma en un preso de la seguridad y de lo conocido. Así es como tu búsqueda de salvación se transforma en una condena.

            Durante tiempo me costaba todo horrores. Cosas cotidianas como ir a la facultad, o salir fuera de mi barrio se transformaron en aventuras. Todos los días eran una batalla por ganar territorio, o perderlo. A mi favor tengo que decir que desarrolle un espíritu de lucha como no había imaginado que tendría. Avanzaba y retrocedía. Y a menudo sucedía que en los territorios que había conquistado podía tener un ataque de ansiedad, con lo que había que reconquistar lo perdido. Recuerdo que por aquel entonces leía con fervor un poema de Benedetti: “No te salves”.

            Fui evolucionando poco a poco. Recuerdo la enorme contradicción que sentía. No podía permitirme estar estudiando psicología, y a la vez padecer esto. Ahora me doy cuenta de lo estrecho de miras que era entonces. Porque si hay algo valioso que puedo ofrecer a mis pacientes ahora es el haber explorado mas allá de la cordura, mas allá de lo racional. Y porque no hay nada que te haga tan fuerte como el haber compartido el pan con tu debilidad. También he de reconocer que todo esto fue muy bien acogido por mi familia, y por la chica con la que salía por aquel entonces. Sin alarmismos, ni dramas. Ambos me enseñaron algo muy valioso: que si algo me destruiría, no seria el miedo, sino yo. Que el miedo no es el final de nada, solo es una condición. Y que yo era responsable de mi propia vida, tuviese miedo o no.

            Me recuerda al titulo de una película de Wenders: la ansiedad del portero ante el penalti. Si uno juega como delantero, siempre tiene al centrocampista, y este a su vez al defensa... ¿pero quien guarda al portero? Este sabe que la única barrera que existe entre el balón y la portería es EL. Eso es lo que llamo vértigo

            Mi primer gran triunfo sonado fue un viaje a Granada, solo, sin compañía, ya que me habían regalado las entradas para un congreso, el cual en si no me interesaba demasiado, pero algo en mi decía que tenia que hacer. Lo importante no era el destino, sino el viaje. Como supongo, pasa, con todo en la vida.Ya había estado en Granada hacia muchos años, pero desde que tuve el primer ataque de ansiedad, hacia dos o tres años no había salido de Madrid. Me fui al bosque, que esta cerca de mi casa, una semana antes. Allí era donde solía tomar las decisiones importantes. Pensé, y pensé, hasta que me di cuenta de que no había otro camino más que ir. Fue el comienzo de los viajes.  Cuando me despedía estaba temblando. Ya había estado otras veces en Granada, antes de que esto ocurriese, pero esta vez era otra ciudad, y la sensación era completamente diferente. Antes no existía la distancia, no tenia sentido, pero desde esta nueva percepción que distinta se veía. Todo lo que antes había tenido de encantadora, ahora se tornaba en amenazadora…

            Desde que ha existido esto en mi vida, los viajes son algo especial, como ritos casi mágicos. Son intensos como jamás habría imaginado, y no solo desde el miedo, sino desde la oportunidad que me ha dado todo esto de superar mis propios limites. Casi siempre me hacen sentir como un Ulises en busca de su Itaca. Aprecias cada cambio de paisaje, de costumbres y lugares.

            El viaje fue mucho mejor de lo que habría imaginado desde un mes atrás, en la cual había estado maquinando todo tipo de situaciones angustiosas. Para mi fue el inicio de la mejora, a pesar de que había estado ampliando ya bastante el territorio. Volví con esperanza, y cargado de ganas de ver que es lo que habría tras la siguiente colina…

            Y así fue transcurriendo el tiempo, y acabe la facultad, cosa que para mi fue un gran triunfo, ya que al principio de todo esto apenas podía concentrarme, y la sensación de estar atrapado en clases y exámenes, disparaba mi ansiedad. Por aquel entonces cree AMADAG, que es una asociación que se dedica a asesorar, ayudar y orientar a aquellas personas que padecen agorafobia. En ella aplicaba lo que a mi me había servido para salir adelante, y comencé a trabajar con grupos.

            Recuerdo que este revuelo se inicio por una página que colgué por Internet, con esa improvisación que siempre nos ha acompañado a los terapeutas y asociados. Todo empezó en una sala parroquial. Y a pesar de que no teníamos nada que ver con ningún movimiento religioso, el buen párroco nos prestaba la sala por simpatía.  Aunque parecía el único sitio donde nos podían dejar la sala gratuitamente, no creo que fuese esa la única razón por la que  empezamos allí. Si uno indaga bien, se da cuenta que compartimos algo muy importante con los creyentes. La fe. La fe en nuestro caso en el ser humano, en su capacidad de superación. Sin esa confianza no estaríamos aquí.

            Lo que sana no es el polvorín de técnicas o conocimientos, sino la creencia en el otro como alguien que puede actualizarse, y es la transmisión de esa confianza lo que resulta vital. La experiencia nos dice que existe el llamado efecto Pigmalion, pues cuanto mas confianza sincera deposito en el otro, a este no le queda más salida que terminar creyendo. No estoy hablando de una confianza de cliché, ni de buscador éxito. Sino de una creencia real, autentica y consecuente.

            Si algo te enseña esta con-vivencia es a confiar en el sentido más puro de la palabra. Y que conste que la confianza no es ciega, sino mucho más sabia que la neurosis.

            Bueno, pues algo parecido ocurre en nuestro camino, siempre pasa algo que nos permite continuar como asociación. Y si la tierra se mueve… ¿Por qué no nos vamos a seguir moviendo nosotros?

            Que importante ha sido la creación de todo esto, porque me ha permitido darle sentido a mi sufrimiento. A medida que he ido explorando he visto muchas mas conexiones por lo que el pánico vino a mi. Así tenia que ser, y así estaba bien.

            Paso mas tiempo, seguí viajando como Ulises. Monte una consulta en Aranjuez, con una amiga. Cuando aun me daba miedo estar en Aranjuez. Eran dos horas de ida y dos de vuelta. Pero también recuerdo el deseo de seguir explorando, y los campos de maíz, y el río…

            Luego fue el avión, y Portugal, porque yo nunca había viajado al extranjero. Cuando no tenia miedo,  porque no tenia dinero, y cuando tenia dinero, porque me daba miedo.

            Al extranjero he viajado desde hace relativamente poco, aunque aprovecho todas las ocasiones que puedo para viajar. El penúltimo al que me enrole fue un maravilloso viaje a México, a un pueblecito llamado Real de catorce, que esta en medio del desierto. Aunque hacia una vida sin limitaciones, aun pensaba que trece horas de avión, y la sensación de estar en un espacio, que para mí me inspiraba desprotección, todavía era un reto. Pero fue precisamente eso lo que me impulso a seguir, y hacerlo. Ver que se sentía. Seguir cruzando mi límite. Necesitaba un símbolo, para hacer las paces con mi miedo.

            El lugar indicado era un antiguo santuario Huichol, una montaña llamada El Quemado. Y allí fue donde escribí una carta, y lleve una ofrenda que traje de España. Recuerdo que llore como hacia mucho tiempo que no hacia, puse la carta bajo una piedra, aunque mas tarde decidí reconstruirla con lo que recordaba haber puesto. Decía más o menos así:

            Siempre imagine que en un punto como este, encontraría la respuesta. Estaría clara, como si fuese un cofre de diamantes que hubiese esperado allí durante años. El santo grial se relevaría por fin, y la comprensión seria total. Entonces podría escribir un best seller sobre la agorafobia, algo sobre… como superar su agorafobia en diez pasos.

            Empiezo a tener la sospecha (mentira, la tenia desde el principio), de que eso que se busca con tanta ansiedad, no existe. Contrariamente a lo que se pueda pensar, he de decir que nos encontramos ante una gran noticia. Porque no se trata de extirpar un cáncer, o de sacar el demonio del cuerpo. La angustia nos pertenece, como nos pertenece nuestro corazón, o nuestro cerebro, o el alma. Somos responsables de ella, no sus victimas. Pero no hablo de esa responsabilidad que pesa como un muerto, y atenaza nuestros corazones, sino de la responsabilidad de asumirme como lo que soy, con todo lo que tengo. No solo esta en mi el niño asustado, también esta el guerrero, el apostata, el religioso, el descontrolado, el loco, el cuerdo… Cuanto mas tiempo pasa considero que lo fundamental no es como vencer el miedo, sino como puedo aprender a relacionarme con el.

            Aunque parezca una locura, ahora solo siento gratitud por todo el proceso por el que he pasado, ya que me ha hecho comprender una enormidad de cosas. Me refiero a que no es algo que tenga que reducir forzosamente mi campo de visión, ni limitar mi vida. No es la viga la me impide ver el mundo, yo soy la viga. No es la cadena la que me mantuvo atado durante tanto tiempo, yo era la cadena.

            Ahora, encima del cerro del quemado, en México, la visión es hermosa, de un lado el desierto, del otro un valle, los pájaros sobrevuelan allá en lo alto. La tierra esta debajo de mi, palpitando. El silencio es denso. Aun no subo con soltura la montaña, aun me sobrecoge, aunque no pasara mucho tiempo antes de que lo haga. Ahora lo se.

            Mi hermano, el miedo, mi buen enemigo. El ha sido el motor de tantas de mis acciones. Sin el, no estaría aquí, no habría sido terapeuta, no habría amado de la misma forma.  Mi visión del mundo seria distinta, no se si peor o mejor, pero no esta misma.      Hubo un tiempo en que apenas podía pasar de cierto límite, no mucho más allá de mi barrio, donde el mundo era enormemente más grande que ahora, los mareos eran constantes, y el metro el tren de la bruja. Y ahora me hallo aquí, a diez mil kilómetros de mi casa, muy lejos de las seguridades que me acompañaron durante tanto tiempo, frente al santuario de los indios Huicholes, en la montaña sagrada. Me hallo recordando el camino que me ha llevado hasta aquí; aquel que empezó, hace más de diez años, en un banco de mi barrio. Cuantas palpitaciones, cuantos encogimientos de estomago, cuantos retos…

            Como reza la ultima película de Kusturika, la vida es un milagro. Y si algo tengo que seguir agradeciendo a mi miedo, es el haberme hecho apreciar la vida como ahora lo hago, y el proporcionarme la intensidad con que ahora la observo. A veces tengo que pararme en plena calle, aunque no pase nada en especial, para observarla en toda su belleza. Lo curioso de todo esto es que cada vez tengo menos ganas de retenerla, de retener nada. Es esta extraña sensación de desapego y de amor. Y de fondo esta el confiar en la vida, pero no con ingenuidad, no me refiero a que nos vaya a tocar la lotería. Pero la esencia de la vida es mucho más sabia que mi neurosis. En este momento me encuentro preparado para recibir lo que venga, lo que tenga que ser.

            Cada vez esta mas clara en mi la diferencia entre el dolor y el sufrimiento. Podemos aceptar el dolor de la vida, con toda su crudeza, con la muerte, el frío, el hambre, la herida… eso es inevitable.  La vida no es un camino de rosas, esta claro. Pero el sufrimiento es toda mi lucha para evitar el dolor, y por lo tanto la vida. Como decía Epicteto, en mi vida he tenido miles de problemas, y algunos de ellos hasta eran ciertos. No podemos evitar el dolor, aunque si podemos eliminar el sufrimiento.

 

Por cierto, que nadie se engañe, no me he hecho Hare Krishna.

 

Rubén Casado